Protagonistas de la historia profesional


 Hace unos días tuve el gran gusto de ser convocado por la presidente del Consejo Profesional PR&Coms Lucila Maldonado para compartir una mesa redonda con mi colegas y amigos Gustavo Averbuj, Gustavo Pedace, Ignacio Viale y Pablo Cattoni, también ex presidentes en ese orden.

Nos adelantaron un cuestionario muy interesante elaborado por Lorena Marino, quien luego nos entrevistó en el piso, que nos invitó a pensar en el pasado y presente de la profesión.

Me impresionó recordar que el Consejo, desde que asumió Gustavo Pedace, que tuvo dos mandatos, a que yo terminé el mío (agradecí pero decliné el ofrecimiento de mis colegas para que continuara), pasamos de 175 asociados a más de 600; creo que eran 640. Un crecimiento vertical.

Recordé el carácter profesionalizante que tuvo nuestra generación, frente a la cnfianza en las individualidades y del secretismo del pasado. Nosotros compartíamos entre nosotros información y contactos, cosa que antes era impensable. Recuerdo que en mi primer empleo, como periodista del diario La Nación, las agendas se robaban de los escritorios y que para protegerlas nos daban una llave. Era el auge de los escritorios en oficinas cerradas, llenas de humo y papeles, en donde no era extraño que pudiera haber una mesa bar.

Me fui dando cuenta que, si bien hay días D, normalmente es difícil identificarlos. Me siento más cómodo pensando que, siendo que uno no ha dejado de trabajar día tras día a lo largo de cuatro décadas, uno va cocinándose lentamente en la olla, como la rana, en los inmensos cambios y transformaciones que nos tocó experimentar.

En ese sentido, siempre fui muy consciente de que somos protagonistas privilegiados de la historia.



Por ejemplo, me preguntaban por los primeros influencers y recordé que ese lugar lo ocuparon primero las estrellas de la radio y la TV, y el corrimiento se fue produciendo tan natural y espontáneamente hacia las redes en la medida en que estas herramientas empezaron a ganar espacio.

Cuando me preguntaron por la inteligencia artificial se me ocurrieron dos cosas: la primera es que hay que aprender a usarla para poder analizar qué usos tiene o qué papel va a ocupar. En mi caso, reemplazó a los pasantes que hacían sus primeros palotes conmigo. ¿Quién va a ofrecer ahora una primera oportunidad laboral a los nuevos jovenes que se incorporan a la profesión ahora que lo que ellos hacían lo hará la IA? ¿Podrán empezar a ejercer como profesionales sin foguearse antes en el aprendizaje del uso de las herramientas? 

Porque nuestro trabajo es construir relaciones de confianza. Un arte. ¿Se puede aprender de cero, sin un maestro a quien observar? ¿No debería cambiar la educación profesional para que esto sea posible? Sin experiencia previa, ¿es posible asignar prioridades a las tareas?

Lo que es evidente es que hay algo que la IA no hará y es aquello que hace que los humanos seamos semejantes a Dios: la creación. La IA puede recrear o copiar perfectamente y, mejor aún, procesar muchísimo y muy rápidamente, pero no puede crear algo nuevo. 

Lo bueno es que trabajo para nosotros habrá siempre, porque la condición gregaria es inherente a la vida humana. No sólo habrá siempre sino que, como siempre dijimos con mis colegas amigos, si no hiciéramos esto tendríamos que trabajar.



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